Kiss & Tell

jueves, 2 de diciembre de 2010

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Existen varias formas de lidiar con el dolor del desamor. Siempre, y en cada uno de los casos, se nos detiene el corazón un instante, una milésima de segundo, en ese mismísimo momento en que caemos en cuenta de que esa otra persona simplemente no siente lo que uno; cuando descubrimos que, básicamente, el sentimiento no es mutuo. De allí en más, cada cual reacciona de una manera especial o, más bien, atraviesa las diferentes etapas en una forma completamente aleatoria. Cada quien combate el dolor de manera diferente, tal vez porque no existe una receta para superar la desilusión.

Existen muchas sensaciones durante este tiempo, las cuales se atraviesan sin un orden particular: el llanto, la bronca, la tristeza,  la pérdida de la esperanza, la negación, la ilusión subconsciente, la aceptación… sólo por nombrar algunas. Y las mismas se alternan constantemente, van y vienen sin pedir permiso. El estado de ánimo cambia indefinidamente en cuestiones de segundos. Sólo hay un factor común, el dolor. Él nunca se va, no deja un minuto la guardia baja. Siempre está, firme, durante este período de desamor.

Y cada día se torna una sutil tortura por momentos. Los días, en sí, se vuelven interminables. Hay instantes en los que sentimos que se nos acaban las fuerzas, no vemos salida a este dolor, nos convencemos de que no hay forma de superarlo.

Pero, inexplicablemente, seguimos adelante, heridos de muerte, pero seguimos. Nos levantamos todos los días, vencidos, pero nos levantamos. No vemos futuro, pero aún así seguimos andando. Perdemos cualquier dejo de esperanza, pero nos paramos y continuamos. No vemos la luz al final del túnel, pero aún así la buscamos incansablemente.

Es una contradicción interesante: cuanto más sangramos por dentro, más nos rehusamos a caer en cama; cuantas más piedras en el camino, más seguimos caminando, descalzos. Algo interno nos alienta a seguir, incluso cuando nos sentimos vencidos, muertos en vida.

Comprendemos muy en el fondo que no vale la pena, no la vale. No es justo morir por quien no moriría por uno. No tiene sentido, sería una muerte menospreciada, sería una muerte en vano. Y nadie quiere morir en vano.

Tal vez sanar las heridas cueste una vida, tal vez nunca cierren del todo, pero al menos, así sea por orgullo, nos mantendremos estoicos para el exterior, no le daremos el gusto al otro de vernos perecer por su culpa.

Poco a poco entendemos que esa persona simplemente no vale la pena, que es injusto sufrir por alguien así. Ese otro no merece verte mal, regocijarse en tu pena, sencillamente, no es digno.

Es clara la verdad: existen mejores razones para sufrir, razones que se merezcan nuestro sufrimiento. Es tan simple que asusta, pero uno, básicamente, vale más. ES más. Y aunque a veces el cielo esté gris, el sol se esconde tras las nubes y, siempre, vuelve a salir. La esperanza vuelve a crecer y busca nuevos caminos para transitar. Y nadie está exento, volveremos a caer, pero nos levantaremos nuevamente, frente en alto… Nos permitimos sufrir por amor, son pocos los que se atreven a abrir el corazón… Gritémoslo al mundo… y sintámonos orgullosos de eso.

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